Lo primero que hay que anotar (ya que no lo advierten por ningún lado), es que esta película es un experimento audiovisual. Uno que hace que algunas personas abandonen la sala de cine. En parte, porque no hay historia sino sólo concepto, y también, porque está construida primordialmente como un videoclip (y uno denso). Ahora, está catalogada como found footage film, estilo donde el material ficcional se presenta como videograbaciones crudas desde una perspectiva de primera persona. Y pues sí, efectivamente, pero en mi experiencia (que fue positiva), se me dificulta iniciar la descripción por ahí, pues lo que me funcionó fue sintonizar con el estímulo audiovisual (incluso, resistirlo).
Hecha esta advertencia, califico mi experiencia como positiva por tres razones: primera, porque se destaca en arte; segunda, porque se destaca sónicamente; y tercera, porque creo que es muy valioso, sino indispensable, que propuestas artísticas como esta se cuelen en el flujo de entretenimiento convencional y te tomen por sorpresa.
El equipo de arte devuelve a Medellín a los años 80 de manera estupenda. En particular, me resultaron acertadísimos los carros puestos en escena. Por su parte, otro gran acierto es la música aportada por ARCA a la película, cuya mezcla de estridencia y delicadeza engrandece el experimento, haciéndolo a la vez extremo y hermoso. Ahora, en uno de los finos planos secuencia hay una música diegética muy destacable, entre otras, por el homenaje a Rodrigo D No Futuro. Y en este punto hay que reconocer la visión del director colombiano Stillz, famoso por su trayectoria como fotógrafo y de videoclips de gigantes del reguetón como Bad Bunny y Rosalía. Me parece que este joven tiene mucho por decir y que aquí recurrió de manera astuta a varios recursos cinematográficos para hacerlo.
No se ha inventado la rueda, por supuesto, pero sí me hizo sacar los tapones para los oídos tres veces durante la película, y cuando estuve a punto de sentirme maltratado, recurrí a mi capacidad de concentración y logré ver el concepto, que para mí fue como el purgatorio, recorrido sin rumbo por unas almas perdidas. Hermoso. Y horrible. Hay dos momentos finísimos, llamémoslos el angelical y el diabólico. Tremendos. Muy punk también. Pero punk actual y no el ochentero, que es muy escaso, pero existe. Por esto, aunque no se vea el verdadero (Barrio del Sagrado Corazón de Jesús) bien por Barrio Triste, es un incómodo acierto.
