jueves, 26 de marzo de 2015

The Bends - Vigésimo Aniversario

Por Santiago Rivas.
Es difícil creer que fue hace 20 años cuando me encontré por primera vez con Fake Plastic Trees o con High And Dry. Dudo que hubiera sido capaz a mis trece años, de trazar una línea entre esos momentos de asombro, viendo MTV Latino y el fenómeno en que luego se convirtió Radiohead. Era predecible, pues de lejos es la banda más importante de los años noventa y parte de los dosmiles, pero jamás hubiera podido predecir hacia dónde iba su sonido, que es lo que finalmente siempre me ha intrigado. 

1995 fue un año definitivo para el llamado Britpop, por cuenta de la aparición de varios álbumes cruciales, que dividieron esta denominación de origen en al menos cuatro líneas de sonido, muy distintas entre sí. Por un lado están Blur y Oasis, que ese año lanzaron The Great Escape y (What’s The Story) Morning Glory respectivamente. No muy lejos se encuentra una serie de grupos menos comerciales, pero igualmente respetados, como Supergrass y The Verve, que en 1995 lanzaron sus álbumes I Should Coco y A Northern Soul. Por el otro está Pulp, que ese año sacó A Different Class, liderando la corriente “alternativa”, que siguieron otros grupos como Elastica, que ese año lanzó un “one hit wonder” y su álbum autotitulado.

Y en otro lado completamente distinto, estaba Radiohead, a quien muchos periodistas quisieron inscribir como miembros del archifamoso Britpop y algunos incluso quisieron meter en la movida del Trip hop de Bristol, por su sonido sombrío y pesimista. Con el tiempo, todos nos daríamos cuenta de que Radiohead es un género en sí mismo, que no requiere de ningún tipo de validación al interior de una u otra escena, porque ellos supieron con el tiempo ponerse muy por encima del mercado.

Ninguna de estas nociones, sin embargo, subsistían en mi cabeza adolescente, cuando oí cada una de las canciones de The Bends. Solo existía la sensación de estar presenciando algo muy grande. Seguramente tuvieron que pasar un par de años para que pudiera oírlo completo, porque mis recuerdos de ese 1995 están todos reunidos en los videoclips que veía en MTV: High And Dry (en esa época todavía sacaban hit singles), Fake Plastic Trees, Street Spirit, Just y My Iron Lung, si mal no recuerdo. Son bastantes canciones, igual, muchas más de las que ahora ofrece cualquier artista al mercado. Radiohead era irrefutable. Así de simple. No era solo que mis amigos y yo fuéramos adolescentes de semblante pálido y vestimenta rigurosamente negra, ni se trataba de un boom, como si lo fueron tantos otros; no era un compromiso político ni visual el que nos unía a esta banda. Radiohead tenía línea directa con nuestro cerebro, era una forma de educación afectiva (luego sabremos si perjudicial o benéfica, pero yo me inclino por la segunda) y, tratándose de uno de los primeros grupos que quisimos con el alma, la puerta de entrada a muchas cosas que tal vez aún estemos terminando de digerir.

Desde el sonido inicial de “Planet Telex”, que parece venir del fondo de algo, que no se sabe si está ahí, hasta la frase “immerse your soul in love”, que cierra el álbum, se trata de una obra maestra. Si les parece que estoy exagerando, háganse el favor de oírlo en orden. Cada canción importa y cada una suena diferente. Cada una de ellas tiene al menos una frase que hace erizar los pelos y se conecta con algo que está en el fondo de nosotros.

No se trata de ninguna forma convencional de rock, porque todo el peso de Radiohead está puesto en el contenido, no en el fondo. Es decir, la música es una herramienta a través de la cual Thom Yorke, Jonny Greenwood, Colin Greenwood, Ed O'Brien y Phil Selway hablan de lo que tienen adentro. De lo que tenemos adentro. Con los años, este punto se probaría cierto, porque son muchos los cánones que han utilizado. Han hecho música muy cercana al jazz, han programado beats, han explorado sonidos electroacústicos y han sabido extraer de sus instrumentos cada sonido, cada tono, timbre y color que alguna vez hayan necesitado para hacer lo que hacen. El asunto con Radiohead jamás será si nos gusta o no, que puede pasar perfectamente; el asunto con ellos es que de verdad están suscritos a algo que es muy grande y muy relevante. Demasiado como para dejarlo pasar y por eso este artículo, que es un sincero homenaje a un álbum que todavía no produce nostalgia, sino el mismo asombro de siempre. Larga vida a Radiohead.
 
Por Ricardo Guerrero.
 
Con Radiohead es particularmente difícil referirse a uno de sus álbumes sin inmiscuir su relevancia general (construida ya por un cuarto de siglo), pero haré un esfuerzo. Entonces, en ése primer semestre de 1995 se notó un evidente paso adelante después del discreto Pablo Honey (no solo en términos sónicos sino también visuales), pero nunca pensé que además de la excelente recepción crítica y comercial que merecidamente recibió The Bends, año tras año fuera ampliando su sentido a medida que la banda continuaba la avanzada artística que han estado impulsando desde entonces.
 
El caso es que lo bonito de su segundo álbum, además de la exquisita experiencia sonora que provee, es recordar la época en que Radiohead era solo una gran banda de rock conquistando el mundo con los trucos del momento, que básicamente eran temas con magnífico sentido melódico y amplia vocación popular, además de la vasta tanda de cinco videoclips para un álbum solo igualada por Björk para el Post (Bueno, al final gana The Bends porque High and Dry tiene dos versiones, una para Estados Unidos y otra para Inglaterra).
 
Sobre su sonido puedo decir que me resultaba básico. En 1995 no tenía suficiente entrenamiento para ser consciente de la calidad de sus temas ni la solidez de sus discos, de los acercamientos a los breves experimentos sonoros con algunos efectos que predecían próximo paso de la banda, ni la atmósferas generadas con tantos detalles sonando al tiempo. De hecho, me parecía que tres guitarristas al tiempo era una exageración. Sin embargo, la atracción generada por sus cinco sencillos hicieron de The Bends un disco muy fácil de escuchar, lo cual efectivamente pasó una y otra vez, mostrando nuevos viajes en cada oportunidad, hasta elevarse hasta la leyenda de música popular que es hoy. Al respecto señala Stephen Thomas Erlewine de Allmusic:

"[...] But what makes The Bends so remarkable is that it marries such ambitious, and often challenging, instrumental soundscapes to songs that are at their cores hauntingly melodic and accessible. It makes the record compelling upon first listen, but it reveals new details with each listen, and soon it becomes apparent that with The Bends, Radiohead have reinvented anthemic rock."

Al respecto del sonido vale la pena anotar que The Bends fue producido por John Leckie, un aprendiz de ingeniero de los Abbey Road Studios (posteriormente, estudios EMI) que creció inmiscuido en lo más grande de la historia de la música popular de su país en mi adorada segunda mitad del siglo 20. Ahora, aunque Radiohead se casaría en adelante con el ingeniero de The Bends, ("el sexto integrante" Nigel Godrich), para expandirse hacia lo que conocemos hoy en día, este álbum muestra un balance interesante entre el potencial de una joven banda inglesa que no podía contenerse, y la clásicamente-entrenada mano de Leckie.

Sobre el trabajo visual todo parecía indicar que se trataba tan solo de un buen aprovechamiento del material sonoro para inspirar unos videos. Claro, a partir de OK Computer en adelante, quedó claro que Radiohead también tenía una propuesta en este sentido. El caso es que en una época dorada para el videoclip como lo fueron los años 90, tener clips memorables merece reconocimiento porque había demasiados. Y bueno, siendo todos sus clips excelentes, muero por lo que logró Jamie Thraves con Just y Jonathan Glazer con Street Spirit (Fade Out), que son hoy en día favoritos personales del género.

Entonces no me queda mucho por agregar, además toda esta apreciación esta muy marcada por una fuerte conexión que logré con Radiohead a quienes recuerdo haberme traído al nuevo siglo en la alfombra mágica que fueron Kid A y Amnesiac. Pero el punto es que amo a The Bends como a la banda misma y de vez en cuando, cualquier sonido del día armoniza con el latente recuerdo de alguno de sus temas y me encuentro cantando solo alguna fracción de la pieza sólida de 48 minutos y 33 minutos. Generalmente es el coro de la misma The Bends "Baby´s got The Bends, we don´t have any real friends..." o el de Sulk, una de mis predilectas de la banda.

Entonces, aún habiendo sido desplazado del trono con la contundencia con que lo hizo poco después su hermano menor OK Computer, mis respetos y admiración a esta maravilla.
Feliz aniversario!
 




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